07 de julio de 2012

El Día                                           9 de marzo de 1972

FUE en el escenario docente del País, -que con tantos profesores eminentes cuenta en el patrimonio positivo de los hacedores de juventudes, (nosotros los tuvimos)- una de esas personalidades realizadoras, que dejan detrás suyo una obra moral perdurable enraizada en aquellos valores "ferméntales" tan bien tipificados por Vaz Ferreira.

 Tuvo De Pró las cualidades cabales del verdadero maestro: rectitud de juicio, espíritu justiciero, firmeza de carácter, anchura de corazón. Su modalidad adusta en apariencia envolvía una actitud permanentemente comprensiva y benévola, y en él los estudiantes hallaron siempre amistad y consejo, que es la manera superior de reprender cuando es necesario castigar culpas.

Recordamos su afabilidad sonriente, su humorismo reservado, cierta travesura zumbona que le retozaba en la mirada. Fuimos de esos amigos que se encuentran pocas veces, pero que a distancia se saben seguros y leales. Confraternizamos en seguida, identificados en la misma cofradía, cuando conocimos a su adorable coker spinel negra y pachorrienta, que murió de vejez. Quienes aman a los animales se entienden siempre.

Ejerció la enseñanza como un alto ministerio, como una misión celosamente acatada que no le permitía deserciones. Buscaba hacer juventudes capaces, ciudadanos útiles a la República. Su fe en la democracia merece recordarse más que nunca en estos momentos en que tanto se desvirtúa el alcance de la palabra y el contenido conceptual de la misma. Firme militante del Batllismo, su conducta jamás aceptó transigencias con otras maneras que no fuesen aquellas que sus principios habian abrazado desde la mocedad, y que se fortalecieron cada vez más a través de una carrera docente excepcional. Eran para él inseparables la libertad y la enseñanza, y sus alumnos supieron que para ganar y merecer aquélla, el estudio es el único camino. Enaltecía el valor de la conducta, la trascendencia ética del ser humano, del cual buscaba siempre la parte mejor y redimible. Creyó en la juventud, en el magnífico caudal de realizaciones que cabe en ella, en las infinitas posibilidades del adolescente, en lo puro y limpio de las conciencias en formación. Sentíase como un demiurgo que tuviera la responsabilidad de modelar generaciones nuevas, nada menos. Su rica experiencia no se pierde. Queda en los muchos profesores que aprendieron a su lado la lección cotidiana del trabajo compartido. Queda en los millares de muchachos que hombres ya, recuerdan sus palabras, sus anécdotas, su sonrisa.

 Queda, asimismo, en el notable impulso edilicio con que benefició la enseñanza secundaria. Tenía la preocupación de dotar a los liceos de las comodidades necesarias que hicieran grato el estudio, y en este aspecto también cabe señalar la dimensión de su obra. Cuenta en su historial con una semi hazaña: haber convertido en aceptable el edificio que ocupaba el Liceo N° 13, donde anteriormente funcionó una comisaría que se había cerrado por la indigencia del local. Su desvelo por el progreso de Secundaria culminó al fin en el gran edificio del actual Liceo Larrañaga, del cual nunca podrán separarse su nombre ni su memoria.

El tiempo que pasa y las circunstancias que pesan -no es mero juego de palabras sino realidad actual- lleva a reflexionar acerca de lo que significa ser profesor, lo que significó siempre. Por encima de todo, entraña una sacrificada y anónima manera de la proeza, una entrega personal que no espera reconocimiento ni recompensa, un diario recomenzar olvidándose de la fatiga de la noche anterior. Un poco a lo Don Quijote en la temeraria tenacidad de volver siempre a la aventura, por más porrazos que se haya llevado, el profesor asume cada mañana ese fervor que no tolera decaimientos, una obligada superación de los desánimos, para convertirse así en ese ejemplo vital cuya imagen quiere fijar en las jóvenes mentes de sus alumnos. ¿Cual, el premio? No importa si ninguno. Pero ser el guía recto, constructivo, de un hombre que está formando hombres quizá para nadie sea mayor alegría que para él mismo. Y eso es lo fundamental.

Así fue la trayectoria de don Rogelio De Pró, en el constante empeño de ser un arquitecto de almas que con materiales imponderables levantó la obra duradera que constituye su posteridad y la justificación de su quehacer. No es fácil en cargos directivos como los que él desempeñó conformar a todos ni eludir los descontentos. En lo subjetivo, únicamente, radica la respuesta: en el convencimiento de hacer lo justo, de elegir sin apasionamiento entre lo malo y lo bueno. Esa fue su norma de conducta. Y él, uno de esos grandes profesores que honran la tradición democrática y docente del País.

Dora Isella RUSSELL 

(Especial para EL DIA)

 


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